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domingo, 19 de mayo de 2019

Oper. Epílogo (¡al fin!)

Epílogo

Diario digital de Schrödinger. 12 de Septiembre de 2052.

Este maldito mundo apesta. La guerra que diezmó a la humanidad no se compara con la epidemia crónica que ahora sufre. El Vértice, ciudad hedonista que fungió como resquicio de la agonizante sociedad aristócrata, urbe atiborrada de una enorme desigualdad social basada en la alta tecnología y en el bajo nivel de vida, metrópolis regida por la anarquía de gobiernos absurdos y patéticos, cobijo de corporaciones corruptas y organizaciones mafiosas; era ahora un nido de enfermos y desquiciados que se dedican a beber la sangre del inocente, una sombra miserable de la utopía que nunca pudo alcanzar, una cuna escarlata de muerte y desolación. El Vértice ahora no es más que un desierto de edificios abandonados, ordenadores apagados e inocentes indefensos.

Stirling se había equivocado en un detalle muy pequeño: pensó que el cerebro de cada ciudadano del mundo contenía un implante neural de la Corporación Ikari. Se equivocó. Muchas personas, como yo, hemos prescindido de emplear productos de esa megacorporación. Aún así, la cantidad de esos vampiros delincuentes y sanguinarios, es proporcionalmente mayor al número de inocentes.

En el transcurso de los últimos días he aprendido mucho. Los chupasangres siempre atacan tras el ocaso y antes del amanecer, se debilitan significativamente durante el día, siendo las horas del mediodía las más convenientes para acabar con ellos. Además, pude comprobar que la forma correcta de eliminarles es atravesando su corazón con un objeto punzante, del mismo modo en que murió Harold Stirling. He aprendido mucho y a la vez no he entendido nada. He encontrado pocos núcleos con personas que no están infectadas, sin embargo no están coordinados para defenderse por sus propios medios, están asustados y desamparados, con un sentimiento de impotencia y resignación que sólo les conduce a la muerte a manos de esos seres despreciables y despiadados.

Pero yo no claudico. Jamás lo haré. Esta tarde he matado a Jacqueline Wu y a más de cuarenta de esas criaturas demoníacas. Los encontré durmiendo en un viejo almacén ubicado en los muelles y sólo abrieron los ojos, entre chillidos agudos y de pánico, cuando las garras de mis manos hicieron su trabajo. Esta noche voy a dormir satisfecho en mi refugio. He descubierto dónde se esconden Maxwell Chase y su amiga rubia. Mañana les haré una visita para recordar viejos tiempos. Probablemente use con Maxwell la bomba fluidodinámica. Probablemente no. Mañana les recordaré que yo soy la justicia y la ley de esta ciudad, de este mundo. Un maldito mundo que apesta.

Oper. Capítulo XVII

Capítulo XVII

El Vértice. 23 de Julio de 2052.

-¡Mentira! ¡Todo no es más que una mentira!- Gritó Schrödinger elevando su escopeta recortada por encima de la cintura.

-¿Mentira? ¡Mírame a los ojos, héroe de pacotilla! ¡Hazlo! ¡Vamos!- Repuso Stirling, avanzando amenazadoramente hacia el enmascarado –Busca en mis ojos la verdad. Envenené a Nobuhiko Ikari lentamente para quedarme con su empresa. Maté personalmente a Harry Zimmerman e instalé una bomba en su piso, porque había descubierto mis planes. Por el mismo motivo, ordené la muerte de Manmohan Patil, contratando a dos matones independientes del Barrio Chino, y empleando la identificación de Maxwell Chase para la transferencia de Buenos Aires ¿A quién crees que vino a ver Enrico Maroni cuando le obligaste a cooperar? ¿Quién crees que le suministró la información que él te dio? Enrico y yo teníamos una prolongada y fructífera relación. Yo le dejaba usar recursos de la Corporación Ikari, a cambio de ciertos beneficios económicos que financiaron mi investigación clandestina con los bacilos. Se acercó llorando a mi, me imploró ayuda y me explicó todo lo que tú hiciste, previniéndome sobre tus investigaciones. Te equivocaste en el mismo instante en que confiaste en alguien que te odiaba ¡Ése fue tu error!-.

-Entonces tendré que enmendar ese error- Dijo Schrödinger y comenzó a caminar al encuentro con su enemigo, quien desapareció repentinamente dejando un fuerte olor a azufre.

-Quizás sea yo quien deba enmendar mi error- Habló Stirling ahora desde la orilla del mar subterráneo –Debí haberme encargado de ti por mis propios medios- Dijo esta vez a la derecha del enmascarado –En cierta forma, sabía que la gente de Jacqueline Wu no era tan eficiente como la organización del Don- Intervino esta vez desde la izquierda para finalmente volver a aparecer frente al justiciero -¿Sorprendido? Se trata de una de mis habilidades, concretamente de la ubicuidad. Gracias a ella puedo aparecer donde me apetezca y cuando lo desee, como un ser omnipresente- Hizo una pausa para aparecer detrás del enmascarado y tomarle con fuerza el cuello –Desde que supe que estabas tras la pista de Patil, me interesé por ti, pero he llegado a la conclusión de que eres de la misma calaña que la gentuza que dices combatir-.

Harold Stirling, el longevo vampiro, desarmó a Schrödinger con un movimiento inhumano y lo arrojó hacia una de las paredes de aquella cripta oscura. Las cuchillas se deslizaron de los dedos del justiciero y las garras emergieron de sus manos. Schrödinger corrió en dirección de Stirling, dando zarpazos intentó asestarle al menos un golpe, pero el vampiro era más veloz y pudo esquivar cada uno de los ataques. Cuando se cansó, Stirling detuvo los brazos del enmascarado y le propinó un duro cabezazo en la frente. Schrödinger cayó severamente aturdido en el suelo.

-Debo confesar que tengo la curiosidad de saber quién está detrás de la máscara, mi querido Maxwell- Dijo el vampiro con sarcasmo mientras que Chase se sentaba torpemente en el suelo -¿Quién eres en realidad, Schrödinger? ¿Un lunático que escapó del manicomio? ¿Algún tarado que quedó viudo tras un enfrentamiento entre bandas? ¿O eres una versión renovada de un superhéroe del siglo XX?-.

Levantó lentamente la máscara y dibujó una mueca de asco cuando contempló el rostro que se escondía tras la careta. No se podía decir a ciencia cierta si Schrödinger era un humano o un producto descartado de algún experimento que salió mal. Su cara era lisa y repugnante, consistía en una suerte de injertos improvisados y cultivados en colágeno y polisacáridos de cartílago de escualo. Sus dientes habían sido sustituidos por los afilados colmillos de un animal rústico. Una parte de su cerebro estaba descubierta, dejando a la vista decenas de microcables, puertos de conexión de buses de datos y electrorelés instalados sin orden aparente. En rasgos generales, se podría decir que su rostro era el resultado de una cirugía de reconstrucción facial mal ejecutada. A consecuencia de los golpes, Schrödinger escupió una mezcla de baba viscosa con sangre humana. Sally Prescott ocultó sus ojos con sus manos en un gesto de repudio y Maxwell Chase sonrió por primera vez desde que había llegado a esa cripta del Averno.

-¿Sorprendido? Tú no eres el único monstruo aquí- Dijo luego de una risa cargada de ironía y arrebatándole la máscara al vampiro –Hubo un tiempo en que fui una persona normal. Un hombre completo como cualquier otro. Pero llegó la guerra y tuve que presenciar cómo bombardeaban a Mongolia, a Australia, a la India, al Congo; me obligaron a matar a gente y lo disfruté, incluso cuando una mina magnética me destrozó las piernas y los brazos. Solicité que usaran lo que quedara de mi cuerpo para experimentar los implantes neurales y las prótesis que ustedes diseñaron, y que vendían sin escrúpulos al Ejército Rojo y a las Fuerzas Aliadas, a los neosoviéticos y a los americanos. Sólo quería volver a la guerra porque matar era lo único que sabía hacer. Con el tiempo aprendí que había cosas más importantes que los conflictos armados y que los intereses personales. Comprendí que la ley y el orden estaban por encima de todo derecho fundamental, y yo debía hacer algo sin importar el medio empleado, sin importar los recursos necesarios. Por eso me convertí en Schrödinger, para mostrarles a los criminales y violadores el verdadero rostro de sus acciones, para demostrarles que yo soy aquella partícula imaginaria que decide si un gato encerrado en una caja debe morir y vivir. Soy juez, jurado y ejecutor, soy ley y a la vez castigo, soy orden y a la vez verdad, soy defensor y a la vez acusador, soy vida y a la vez muerte, y esta noche voy a acabar contigo, hijo de perra- Concluyó para finalmente cubrir su deformada cara con su máscara.

-Coincidimos sólo en un único punto, Schrödinger. A mi también me gusta la muerte- Replicó Stirling con desdén y tranquilidad mientras su mano derecha se deslizaba hacia los bolsillos internos de su chaqueta –Hubo una época en que fui un noble de la antigua Escocia, un hombre honorable que luchaba por loables ideales de libertad. Sin embargo, alguien decidió unilateralmente transferirme una carga que no quería recibir. He hecho cosas horribles debido a esa carga, he matado a gente inocente y a otras no tan inocentes, he torturado sin piedad a muchos, me he alimentado del miedo y he encontrado placer en el dolor. Pero el tiempo aplaca los sentimientos y resguarda las penas; busqué la paz en algún lugar retirado y aún así vinieron a buscarme para poder borrar mi estigma de la faz del planeta, cuestión que lograron con esfuerzo. A partir de allí, pensé que encontraría la paz en mi muerte, pero la ambición humana no tiene límites. Hombres ávidos de extremismo salvaje como tú, decidieron experimentar con mis restos durante los tiempos del Tercer Reich, y en consecuencia regresé a la vida, aún más sediento de sangre y con más deseos de destrucción-.

Harold Stirling hizo una pausa para aparecer tras el enmascarado y descargar a la altura de su columna una sucesión de pulsos eléctricos, mediante un arma de electrochoque, que inmovilizaron al enmascarado por completo. Schrödinger sufrió espasmos y convulsiones breves antes de desplomarse en el suelo.

-Yo sí he visto el verdadero rostro de la muerte, Schrödinger. Lo he visto más de una vez y llegué incluso a adorarlo y amarlo. Por eso quiero que veas en que se convertirá el mundo pronto. La humanidad es, por sí misma, violenta e irracional. Tú eres un ejemplo vivo de ello. El paso evolutivo que esta noche estamos dando va en una sola dirección: el alcance de un motivo. Hasta ahora la humanidad no tenía motivo para ser salvaje, pero al compartir mi pena, les estoy dando a los hombres un motivo para semejante conducta-.

Harold Stirling le hizo un gesto a Sally Prescott, quien se acercó con semblante serio y preocupado, sosteniendo una estaca de plastiacero y una maza. El vampiro miró de soslayo a Maxwell, contempló cómo el joven directivo experimentaba cambios radicales en su cuerpo y sonrió. Los colmillos del joven crecían a un ritmo lento y paulatino, sus ojos se volvían rojizos y su piel estaba perdiendo pigmentación.

-Hace muchos siglos recibí una carga que nunca quería aceptar, Sr. Chase. Un vampiro mordió mi cuello antes de arrojarse al interior de una hoguera y dejarme completamente solo ante mi infortunio, asustado y con miles de preguntas. Supongo que usted también las tendrá. Pero no se preocupe porque no estará solo, del mismo modo en que yo lo estuve. Con usted habrá millones de criaturas sedientas de sangre, buscando a aquellos mortales que no hayan instalado el implante neural para alimentarse y poder sobrevivir. Le dejo mi carga, Sr. Chase. A usted y a muchos más. Espero que la disfrute tanto como yo lo hice. Ahora, finalmente, puedo descansar en paz… Ha llegado la hora, Sally-.

Stirling besó en los labios a la secretaria antes de tenderse en el suelo lentamente. Llorando, la mujer situó la estaca de plastiacero a la altura del corazón y alzó la maza por encima de su cabeza.

-Harold… Espera…- Susurró Maxwell con dificultad. Sus colmillos ya habían llegado a su máximo tamaño, evidenciando que tanto el bacilo como el implante neural habían funcionado correctamente, y que la transformación hacia un ente inmortal y maldito, estaba completada -¿Por… Por qué…?-.

Harold Stirling, el vampiro que una vez había sido un gran Duque, sonrío con satisfacción.

-Yo llevo muchos siglos haciéndome la misma pregunta-.

Sin previo aviso, la maza bajó una vez, y otra, y otra.

Oper. Capítulo XVI

Capítulo XVI

Stirling. Escocia. Septiembre de de 1297.

Finalmente, el día de la batalla había llegado. Los soldados de infantería y los acorazados de las fuerzas inglesas, avanzaban con orgullo hacia el puente de Stirling, rumbo hacia la Abadía de Cambuskenneth donde esperaba con impaciencia el ejército de William Wallace. A pesar de que la anchura del puente sólo era suficiente para el paso de dos jinetes de la caballería inglesa, John de Warenne ordenó un ataque con la totalidad de su poder.

Wallace y Moray contuvieron a sus hombres, ansiosos y valientes, hasta que el enemigo estuviese en el lugar esperado. Para sorpresa de los invasores ingleses, una lluvia de silbantes flechas se produjo desde los lugares más recónditos del espeso bosque, al otro lado del río. Los mejores arqueros y ballesteros del Duque abatieron a decenas jinetes e infantes, mientras que el grueso del ejército escocés embestía al confundido y desordenado bando contrario, el cual se vio divido en dos partes: la primera había sido acorralada por los hombres de Wallace y Moray, mientras que la segunda estaba rodeada por el distinguido cuerpo de infantería del Duque, dirigido por su propio hijo. Los guerreros arremetían en masa en contra de los ingleses aislados, los desmontaron de sus caballos y los arrojaron al río para que se ahogaran con sus pesadas armaduras, los decapitaron con sus espadas Claymore y los humillaron con una derrota contundente. Los refuerzos no tardaron en llegar. Cientos de hombres procedentes del contingente inglés se agolparon en el puente, con la finalidad de recuperar el terreno perdido. Sin embargo, el puente no resistió el peso y sus cimientos cedieron, llevándose con él a incontables ingleses a las gélidas aguas del río Forth, y provocando la inmediata retirada de los invasores. La victoria escocesa había llegado pero, sorprendentemente, el Duque había desaparecido sin dejar rastro alguno.


-Beba vino, mi querido Duque- Dijo una voz áspera y fuerte en la oscuridad de aquella cueva.

Despertó completamente asustado y desconcertado. No sabía dónde estaba, aunque su primera impresión le llevó a pensar que los ingleses le habían capturado, recluyéndole en una caverna iluminada por una gran hoguera. No recordaba nada de lo que había pasado, salvo el detalle de que había hablado con su amado hijo durante la noche, para después retirarse hacia un descampado y meditar bajo el manto de estrellas. A partir de ese momento todo era confuso. Sintió sed al ver el recipiente con el líquido carmesí y bebió con apetencia.

-Más vino- Habló la voz un poco más cerca ahora pero sin un origen definido. Parecía que podía venir de cualquier parte y de ninguna al mismo tiempo.

El Duque volvió la mirada y vio, sobre una rudimentaria mesa hecha con madera de pino, un cuenco cerámico con más líquido carmesí. Justo en ese instante, le pareció que el vino no debía tener una buena fermentación puesto que era ácido y amargo para el paladar. Aún así siguió bebiendo y, cuando acabó, se limpió los restos de líquido en la boca con la mano. Notó que el vino era pegajoso y viscoso, mucho más de lo habitual. Repentinamente sintió un picor insoportable en el cuello, cuando intentó rascarse se percató de que estaba sangrando a la altura de la garganta. Despavorido, corrió hacia un rincón de la caverna pero se dio de bruces contra una figura enjuta pero astutamente maliciosa, con unos intensos ojos rojos, de cabello oscuro, orejas puntiagudas y dientes color marfil muy afilados.

-Mi apreciado Duque… Os ruego que me escuchéis con atención-.

El Duque gritó preso del pánico, aterrado por la apariencia de aquel ser que le persiguió hasta alcanzarle con facilidad. El desconocido, le tomó fuertemente entre sus brazos, le alzó a la luz de la hoguera y le miró con frialdad.

-Aunque vos no me creías, estimado Duque, yo hace más de mil años era un hombre corriente como usted, pero hice un pacto con el mismísimo Satanás para salvar a mi hija de una enfermedad incurable. A cambio, le di mi alma y me condenó a vivir por toda la eternidad alimentándome de sangre humana. Pero ya no puedo seguir con esta carga, respetado Duque, prefiero vivir en el infierno antes que seguir con esta terrible maldición. Es por eso que le he transmitido mi pena, mi carga inmortal, a usted, porque sé que usted es un hombre justo y honorable, y no sucumbirá jamás a los pecados de la banalidad de su naturaleza. Lo que os he dado de beber no es más que mi propia sangre, sangre envenenada con el signo de una maldición. Os pido que me perdonéis, pero yo ya no puedo soportar más esta maldición-.

Sin que el Duque tuviese tiempo a reaccionar, aquel ser de perversa naturaleza se arrojó hacia las llamas de la hoguera para recibir una muerte definitiva y, quizás, merecida. El cuerpo de la criatura se convirtió en cenizas ante el horror de ese escocés condenado a recibir una carga que no merecía. Tambaleando, pudo salir de la cueva sin entender el significado de tales palabras, ignorante de su nueva y horrible condición, y sediento de sangre.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Oper. Capítulo XV


El Vértice. 23 de Julio de 2052.

     Maxwell Chase escuchó ruidos de lucha que provenían de la entrada cuando se hallaba cerca de una puerta de madera roída y mohosa, camuflada tras una pantalla holográfica que la disimulaba eficazmente. Su secretaria giró el pomo oxidado y empujó la portezuela, enseguida notó cómo una ráfaga de aire húmedo le golpeaba el rostro.

 
-Le repito que no debe preocuparse por su acompañante, Sr. Chase- Dijo Sally Prescott empuñando un arma de electrochoque –Entre, por favor-.

 
     Maxwell ignoraba el momento en que ella se había hecho con dicho dispositivo, pero sabía que los pulsos eléctricos de esa pistola, podrían destrozarle los principales músculos motores y, en el mejor de los casos, quemarle los terminales nerviosos tras una fuerte descarga. Recordó que en una ocasión tuvo la oportunidad de comprobar el alcance de ese tipo de armas. Se encontraba en una discoteca y un borracho comenzó a agredir sin motivo aparente a dos gemelas; lo único que el atacante no podía imaginar es que una de ellas tenía un modelo de similares características. En su mente, volvió a rememorar cómo los dos dardos de la pistola unidos a cables de cobre, se clavaban en el pecho del agresor embriagado con alcohol y drogas, y le transmitían una fuerte descarga eléctrica. Definitivamente, no estaba dispuesto a sufrir una experiencia parecida, así que obedeció sin formular pregunta u objeción alguna.

     Avanzó a lo largo de un pasillo sombrío y estrecho, hasta que Sally le señaló con un gesto una sala baja iluminada por velas. La habitación estaba constituida por gruesas vigas de madera y un recio y escaso mobiliario del siglo XVII. En ella, el pasado recobraba vida olvidándose de una civilización tecnológica y superficial. No faltaba ningún detalle, había una chimenea de arcilla y de campana cavernosa, un órgano desvencijado y una rueca en aparente desuso. Había un banco de alto respaldo colocado de cara a la hilera de cuadros ubicados a la izquierda. A Maxwell no le gustaba nada de lo que veía allí y nuevamente sintió temor, no sólo porque no conocía ni la mitad de los objetos que le rodeaban, sino también porque presentía que todas aquellas reliquias tenían un origen incomprensible y siniestro.

     Su temor fue en aumento cuando se encontró de frente con el lúgubre mayordomo que le había recibido durante su primera visita. Cuanto más miraba el rostro suave de aquel anciano, más repugnante le parecía su afabilidad. No pestañeaba y su color era demasiado parecido al de la cera blanca de las velas. Por un momento, llegó a la plena convicción de que aquello no era un rostro sino una máscara confeccionada con diabólica habilidad. Entonces sus flojas manos, curiosamente enguantadas, hicieron un ademán con pasmosa soltura, invitando a Maxwell a entrar en una segunda puerta aún más arcaica y pequeña que la primera.

     Avanzó en silencio custodiado por los dos guías, se metió en la abertura y comenzó a bajar por los gastados peldaños que conducían a una cripta oscura y sofocante. Un momento después se halló descendiendo por una escalera abominable, por una estrecha escalera de caracol húmeda, impregnada de un olor muy peculiar, que se enroscaba interminablemente en las entrañas de la tierra, entre muros de chorreantes bloques de piedra y yeso desintegrado. Era un descenso silencioso y horrible. Al cabo de un intervalo indeterminado de tiempo, Maxwell pudo apreciar que los peldaños ya no eran de piedra y argamasa, sino que estaban tallados en la roca viva. Lo que más le asombró era que los tres pares de pies no produjeran ruido ni eco alguno, a pesar de los tacones de Sally o de los zapatos de charol del mayordomo. Después de un descenso que duró una eternidad, vio unos pasadizos laterales o túneles que, desde ignorados nichos de tinieblas, conducían a este misterioso acceso vertical. Eran como impías catacumbas de apariencia amenazadora, y el acre olor a descomposición que despedían fue aumentando hasta hacerse completamente insoportable. El directivo tuvo ganas de vomitar, se agachó pero sintió la fría y pesada mano del anciano que le invitaba a seguir. Maxwell recordó que el núcleo de la ciudad se encontraba muy lejos y pensó que muy probablemente había bajado hasta la base de alguna montaña inhóspita. Se asustó al tratar de considerar la antigüedad de ese recinto infestado, socavado por aquellos subterráneos corrompidos. No obstante, se aterrorizó aún más cuando le estremeció un fuerte estallido que provenía desde la ya lejana mansión.

-Siga avanzando, Sr. Chase- Ordenó la rubia secretaria con la mirada clavada en la parte más alta de aquella escalera infinita.

     Finalmente, vio el cárdeno resplandor de una luz desmayada y escuchó el murmullo insidioso de aguas tenebrosas. Sintió un nuevo escalofrío, debido a que no le gustaban las cosas que estaban sucediendo aquella noche; en un acto de locura motivado por la borrachera y su aislamiento, había aceptado ir con un maniático suicida a una muerte segura, y desde que el día se torció estaba seguro de que eso había sido una tontería. En el momento en que los peldaños y los pasadizos se hicieron más amplios hizo otro descubrimiento: percibió el doliente acento burlesco de una flauta y, súbitamente, se extendió ante sus ojos el paisaje ilimitado de un mundo interior, una inmensa costa fungosa, iluminada por columnas de antorchas y bañada por un vasto río oleaginoso que manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y corría a unirse con las simas negras del océano subterráneo. Desfallecido, con la respiración agitada, contempló aquel lugar profano y apreció, con terror, una silueta negra, alta e imponente en la orilla del tenebroso mar, que manipulaba con destreza una flauta resplandeciente y dorada.

-Esta vez no has llegado con puntualidad, Maxwell- Dijo la silueta luego de interrumpir su recital triste y amargado –Llevo días esperándote-.

     El hombre permaneció en silencio esperando una respuesta que jamás llegó. Dio media vuelta, ubicándose de espaldas a aquel océano extenso, y sonrió suavemente, quizás esperando relajar el nerviosismo del directivo.

-Tenía muchas esperanzas puestas en ti, Maxwell. Pensé que podrías ser mi mano derecha. Eras ambicioso, suspicaz, inteligente, sagaz y muy profesional ¿dónde quedó todo aquello?... Ah, sí. Iniciaste tu autodestrucción en el mismo instante que comenzaste tu mutua cooperación con ese enmascarado genocida y extremista ¿por qué lo hiciste?-.

    Maxwell Chase tragó saliva y humedeció sus labios secos y áridos.

-Harry Zimmerman, Manmohan Patil, Samuel Kazim… dime que no eres tú quién está detrás de sus muertes…-.

-Seré honesto contigo, Maxwell- Contestó el hombre al tiempo que le entregaba la flauta al mayordomo, y comenzaba a despojarse sin ruborizarse de su delicado traje con pajarita –No sólo he ordenado la muerte de dichos individuos, del mismo modo, he ejecutado y cometido miles de asesinatos a lo largo de mi existencia-.

     Maxwell tuvo la sensación de que aquel hombre había rejuvenecido varios años en pocos días. Su espalda delataba una piel tersa y fresca, sus manos ya no tenían las arrugas que anunciaban el paso del tiempo, sus piernas y brazos parecían rígidas, fuertes y firmes. Completamente desnudo, el hombre ascendió lentamente a través de una negra roca, cuando estuvo coronado en su cima se arrojó hacia las profundidades de aquel mar inexplorado y comenzó a nadar con destreza.

-He vivido muchos años, Maxwell. Tantos que ni siquiera puedes imaginar toda la maldad que he visto a lo largo de siglos de existencia, así que no te sorprendas por la soltura con la que admito mis crímenes- Dijo el hombre cuando nadaba de espaldas.

     Se movía como un delfín, con destreza y habilidad, bajo la oscuridad del agua. Para el momento en que regresó a la orilla, su mayordomo le estaba esperando con una toalla blanca que ciñó a su cintura cuanto terminó de secarse. Caminó con parsimonia hacia un armario de enormes proporciones y comenzó a vestirse con ropa nueva.

-Hay algo que me tiene intrigado… ¿Cómo supiste que era yo?- Preguntó con una sonrisa mientras abotonaba una camisa color crema.

-Eso deberías saberlo… Desde siempre tienes intervenida la conexión a la Red de todos los empleados de la Corporación Ikari- Respondió un taciturno Maxwell con la mirada ausente.

-Explícamelo, por favor- Le instó el hombre, ajustándose una corbata de seda púrpura.

-No podría haberlo hecho sin la ayuda de Harry. Poco antes de su muerte, me envío tu identificación de acceso personal en la compañía, cifrada en código binario natural…-.


-0001011 que equivale al 11 decimal, 0000001 igual al 1 decimal, 1000000 equivalente al 64 decimal y, obviamente, 0000000 correspondiente al 0 decimal. Si los ordenas de forma conveniente obtienes mi identificación particular, 641011 ¿verdad que no me equivoco?- Intervino el hombre mientras se colocaba una chaqueta negra ayudado por el viejo mayordomo, disfrutando la resignación reflejada en el rostro del joven directivo.


-¿Qué te propones exactamente?- Maxwell formuló la pregunta inevitable pero necesaria.

     El hombre se ajustó el cinturón del pantalón, sonrío y dejó que un silencio insondable invadiera toda aquella caverna.

-¿Te has fijado, mientras bajabas, en las catacumbas aledañas a la escalera?-.

     Maxwell asintió levemente.

-Durante años, incluso durante la última guerra, este lugar se convirtió en mi paraíso, en mi refugio ante la barbarie humana, que decidió matarse mutuamente por razones estúpidas. Bajo estas rocas primigenias he podido ocultar los restos de mi alimentación. Mendigos, prisioneros de guerra, heridos y soldados, sucumbieron ante este vasto océano, convirtiéndose en mi fuente de existencia eterna. En dichas catacumbas, querido amigo, encontrarás los cadáveres putrefactos de mis víctimas, sin una sola gota de sangre en sus cuerpos, sin ningún atisbo de vida, porque yo así lo he querido-.

-¿Qué estás intentando decir?- Maxwell temblaba descontroladamente y sintió cómo sus piernas flaqueaban. Tuvo que hacer un enorme acopio de fuerza de voluntad para mantenerse en pie.

-Algunos médicos y psicólogos creen, todavía, que el vampirismo en una enfermedad mental, asociada a un impulso y deseo de ingerir sangre. Si a esta aseveración se le suman las supersticiones y el folclore de ciertas comunidades, que establecen que el vampiro es una criatura siniestra que se alimenta de sangre, entonces puedo decirte con toda propiedad que yo soy un vampiro, un depredador de sangre-.

     Sally Prescott se acercó y apoyó con delicadeza su cabeza en el hombro del hombre. En ese instante, Maxwell presenció la escena más terrorífica de su vida. Los colmillos del hombre crecieron notablemente de tamaño, sus ojos se convirtieron en dos luceros color carmesí rodeados por sombrías ojeras, su tez se volvió pálida y sus labios se enrojecieron. El hombre mordió con suavidad la muñeca derecha de la secretaria, quien experimentó una sensación de éxtasis y excitación que recorrió todo su cuerpo. El hombre bebió con avidez la sangre de la mujer y, cuando se detuvo, limpió su boca con un pañuelo de encaje, retirando el líquido escarlata de la comisura de los labios.

-Voy a complacerte contestando tu pregunta, Maxwell- Prosiguió el hombre, mientras que la mujer se incorporaba con la ayuda del mayordomo –Supongo que recordarás el plan de distribución mundial que tú mismo has diseñado. Pues bien, permíteme que te informe sobre sus logros. Antes del mismo, sólo un 40,96% de la población disponía de un dispositivo neural en su cerebro; ahora, con tu plan, esa cifra la hemos aumentado a 82,13% y sigue incrementándose mientras conversamos. Desde siempre, la Corporación Ikari ha sido pionera en el desarrollo de implantes neurales y, desde un inicio, yo he introducido en su cadena de fabricación y producción una diminuta, imperceptible y a simple vista insignificante, nanocápsula de vacío con un bacilo orgánico y químico sintetizado a partir de mi sangre vampírica. Cuando yo lo disponga, la nanocápsula explotará dentro del cerebro portador del implante, permitiendo que el bacilo sufra una mitosis que derivará en millones de bacterias y microorganismos, infectando al cuerpo receptor y convirtiéndole en un ser inmortal, sediento de sangre. Será cuestión de tiempo, para que ese creciente 82,13% de la población mundial llegue a hacer realidad lo que es considerado como un mito-.

     Maxwell Chase cayó de rodillas, boquiabierto, sobrecogido y horrorizado. No podía creer semejantes palabras ¿Era él responsable de toda esa tragedia? ¿Se convertiría en un monstruo despreciable y vil? ¿Por qué había sido tan irresponsable, tan imprudente? Sus pensamientos se vieron abruptamente interrumpidos debido a una detonación que resonó en todas las cavernas, produciendo un eco prolongado y atronador. Cuando Maxwell se levantó con dificultad, pudo ver que el mayordomo yacía bocarriba y con una mortal herida en su pecho. Frente al anciano, permanecía erguido el enigmático enmascarado, sosteniendo una escopeta recortada con el cañón humeante.

-¿Piensas que eres un vampiro? Eso es lo más ridículo que he escuchado en mi vida. Estás loco, basura macerada en dinero. Voy a ensañarte cuál es el camino correcto hacia la cordura- Dijo Schrödinger con su característica voz amarga y ronca.

-¿Loco? ¿Yo? ¿Acaso no has leído lo que escriben sobre ti, justiciero?- Replicó el hombre con una sonrisa divertida.

-Escucha…- Intervino Maxwell, temblando y asustado –No lo hagas, por favor… Te lo suplico… ¿Cuándo… Cuándo te dispones a liberar esos bacilos?-.

-¿Me crees tan idiota, Maxwell? ¿Crees que te explicaría mis planes antes de ponerlos en práctica? ¿Crees que no sé que harías cualquier cosa para evitar la consumación de mi éxito? La dilatada experiencia que he adquirido a lo largo de siglos, me ha permitido prever un error tan básico como ese. Cuando la Srta. Prescott te recibió en la entrada de mi mansión, ejecuté un algoritmo que se propagó a través de toda la Red, cuya única instrucción era la activación simultánea de todas las nanocápsulas. En estos momentos, todos los implantes neurales, deben haber infectado a los millones de usuarios dispersos en todo el mundo… Incluyéndote a ti también-.

     Maxwell Chase se derrumbó por dentro y, sin saber exactamente qué hacer, se arrodilló llorando ante el vampiro inmortal, Harold Stirling.

domingo, 22 de enero de 2012

Oper. Capítulo XIV.

Diario digital de Schrödinger. El Vértice. 23 de Julio de 2052.

Fui un completo idiota cuando decidí confiar en el tarado de Maxwell Chase ¡Estúpido! ¡Estúpido! Nunca me perdonaré semejante error. La mansión estaba envuelta en una tensa calma que me disgustó y cuando apareció aquella rubia prostituta, la situación se tornó mucho peor. En un principio pensé que el dueño de la casa debía ser un socio comercial de Jacqueline Wu, porque el grueso de sus esbirros pretendía matarme, sin embargo fue Cheng quien disipó todas las interrogantes que tenía.

-La Srta. Wu te envía recuerdos, Schrödinger- Dijo ese miserable asiático que, como siempre, estaba tontamente vestido con una camiseta de Mickey Mouse, pantalones de color violeta y zapatillas amarillas –Estoy seguro de que ya lo habrás adivinado, pero la Srta. Wu ha diversificado sus horizontes empresariales. Desde que diezmaste a la mafia italiana, nos dedicamos a la protección de personas importantes, y hemos sido contratados para impedir que tú causes molestias al Sr. Stirling-.

El matón amarillo ocultó sus manos tras la espalda y comenzó el baile de golpes y disparos. Dos quinceañeros rápidos y ágiles se acercaron de frente armados con barras de plastiacero, con las que se preparaban para golpearme. Sin embargo hice una finta hacia la izquierda, aparecí detrás de ellos, tomé sus cabezas y las hice chocar con brusquedad. Las sabandijas se desplomaron pesadamente sobre las escaleras. Haciendo un par de volteretas, esquivé los disparos que venían en todas las direcciones, salté sobre Cheng e ingresé al interior de la mansión. El salón principal era amplio y muy alto, estaba flanqueado por dos escaleras circulares, una gran lámpara araña, cuadros muy costosos y estatuas anodinas. Cheng se volvió lentamente mientras sus secuaces se detenían a su alrededor. Dejé que mis cuchillas se deslizaran suavemente de mis dedos.

-¡Acaben con él!- Vociferó Cheng con fuerza y rabia, haciéndome sonreír bajo la máscara.

Los disparos se reanudaron. Rodé por el suelo hasta situarme bajo un asesino con una pierna protésica, con una maniobra imperceptible pasé las cuchillas alrededor de sus muñecas y esperé. Primero se formó un hilo de sangre, luego se desprendieron ambas manos de sus brazos y finalmente cayó entre gritos de dolor. Recuperé su pistola láser y comencé a disparar, quemando el pecho y la cabeza de cinco matones en menos de quince segundos. Como lo esperaba, al usar repetidamente el arma, ésta se calentó y se volvió peligrosa, así que la dejé de un lado y extraje mi escopeta recortada de la gabardina. La usé por primera vez en el día con un sujeto que se acercaba con un par de dagas largas, disparándole en la ingle. Cuando me disponía a usarla por segunda vez, sentí un fuerte golpe en la espalda que me hizo trastabillar, caí de rodillas aturdido y perdí el arma. Cuando me recuperé, vi a un sujeto calvo, gordo, alto y con un martillo enorme que sustituía a su extremidad derecha.

-¿Lo ven? Es solo un hombre- Dijo Cheng con soberbia provocando mi enfado.

El matón obeso corrió en mi dirección con el objetivo de rematar lo que había empezado. Saqué las garras de mis manos e hice que ambas chocaran contra su martillo. Él apretó los dientes mientras forcejeaba conmigo, pero mi fuerza era mayor, le hice perder pie y cuando se tambaleó, le incrusté las garras en el centro de su estómago. Usando su humanidad como escudo, corrí en dirección de un trío de amarillos que portaban revólveres Smith & Wesson con balas de tungsteno. Aparentemente habían abandonado las pistolas láser por un tipo de arma más eficiente. Percibí los impactos de bala en la espalda del gordo y, cuando los tres gusanos tuvieron que recargar, avancé hasta atropellarlos con la inerte envergadura de su colega de crímenes.

Volví la mirada y noté que todavía quedaba más de una treintena de asiáticos armados que se reagrupaban con rapidez. La pelea no terminaría nunca si no zanjaba pronto la situación, así que decidí tomar decisiones más drásticas. Corrí hacia las escaleras, iniciando un ascenso vertiginoso de los escalones, al tiempo que tomaba de un bolsillo de mi gabardina un objeto circular con una anilla de seguridad, la cual retiré para después arrojar en dirección de la enorme lámpara. El objeto en cuestión se trataba de una bomba clúster, que se abrió a los doce segundos dejando caer cientos de pequeñas bombetas incendiarias y explosivas. Me lancé al suelo y cubrí mi cabeza escuchando gritos de advertencia. Las detonaciones no tardaron en llegar al centro del salón, desencadenando en un estado de alarma y desesperación entre los esbirros. Algunos habían estallado en una cantidad disímil de fragmentos rosa y escarlata, otros eran abrasados por las llamas y el resto yacían con mutilaciones de todo tipo.

El fuego se había apoderado de aquella sección de la casa. Bajé despacio las escaleras, recorriendo con la mirada todo el salón principal, en un intento de reconocer el lugar exacto por dónde había podido ir Maxwell Chase con la rubia mujerzuela. Cuando avisté una puerta abierta en el fondo que conducía a un oscuro pasadizo, sentí que unos fuertes brazos rodeaban y apresaban mi cuello.

-He rezado todos los días en el ocaso para poder enfrentarnos, Schrödinger. Y ahora que te tengo en mi poder, malnacido, pienso que mis plegarias han sido escuchadas- Reveló con rabia mi atacante. Por un instante sentí que me faltaba el aire -¿Recuerdas a Tang Lung? ¿Lo recuerdas, hijo de perra? ¡Era mi hermano! ¡Tú lo mataste en una entrega de opio! ¿Lo recuerdas? ¡Tenía sólo veinte años!-.

Cheng me arrinconó contra una pared y comenzó a aventarme una repetida ráfaga de patadas que debieron fracturarme la mayoría de las costillas. Me tomó con sus manos y me arrojó a las barandas de las escaleras. Cuando volvió otra vez al ataque, le hice un corte en su ojo derecho con mis cuchillas. Inmediatamente se llevó ambas manos a la herida, tratando de contener inútilmente la sangre que se escapaba. Para mi asombro, comenzó a reírse descontroladamente, extrajo una jeringa de su cinturón y la mostró con orgullo y prepotencia. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que mi vida corría grave peligro cuando reconocí el fluido azulado que pensaba inyectarse en sus venas.

-¡Te voy a partir en dos, Schrödinger! Estoy seguro de que sabes qué hace esto- Dijo con una sonrisa que deformó su rostro –El compuesto T fue desarrollado por científicos del Ejército Rojo para aumentar la fuerza de los soldados de infantería. Los médicos sugerían emplear entre cinco y diez mililitros por cada dosis ¿pero qué pasaría si yo me inyecto un litro de una sola vez? ¿Lo imaginas, Schrödinger? ¡Vamos a comprobarlo!-.

Debía pensar rápido. El humo comenzaba a mezclarse con la oscuridad de la noche, por lo que poco a poco iba perdiendo visibilidad. Empleé el modo de visión nocturna de mis ojos artificiales y noté con horror que el cuerpo de Cheng comenzaba a aumentar de tamaño, sus músculos crecieron hasta el punto de romper la camiseta de Mickey Mouse, su único ojo casi salía de su órbita y sus piernas engordaron hasta el triple de su tamaño inicial. Recuperé la frialdad y la calma cuando, entre las ruinas, encontré mi arma de fabricación casera. En ese instante, Cheng gritó y para demostrar su nueva condición, levantó una estatua de dos metros de altura y la lanzó hacia la entrada, obstaculizándola, quizás para evitar que huyera. Pero yo no pensaba huir. No iba a otorgarle ese gusto.

-Te voy a hacer pagar todo el sufrimiento que pasé, Schrödinger- Decía el lunático matón mientras avanzaba lentamente, dejando una huella sobre el suelo tras cada pisada.

-Aquí me tienes, Cheng, y te confieso que no sé quién era Tang Lung ni me importa. Normalmente no pregunto los nombres de aquellos criminales que reciben mi justicia, pero sí te puedo asegurar que tu hermano recibió el escarmiento que merecía-.

-¡Maldito! ¡Te voy a arrancar esa máscara!-.

El voluminoso asesino corrió con toda la velocidad que le pudo imprimir a su pesado cuerpo, apresó mi espalda con sus gruesos brazos, me levantó y vociferó algo en su idioma. Comprimió mi espalda hasta el punto que sentí que en verdad me iba a partir en dos partes, dejé que el dolor renovara mis fuerzas y le dije:

-Dile a tu hermano que la justicia existe en este mundo podrido, no es ciega y se llama Schrödinger-.

Antes de que Cheng pudiese responder, introduje el cañón de mi escopeta recortada en su boca y apreté el gatillo. Los perdigones más potentes atravesaron su garganta y enseguida noté cómo los brazos del descomunal amarillo comenzaban a aflojarse. Cuando me soltó, caí de rodillas en el suelo y vi que su piel y sus músculos estaban cubiertos de burbujas que estallaban expulsando parte del líquido que se había inyectado. El cadáver inerte del guardaespaldas de Jacqueline Wu se derrumbó en el costoso piso, sobre un charco de sangre mezclada con el compuesto azulado. Recargué la escopeta y volví a mirar el pasadizo, decidido a seguir el camino de Maxwell Chase.

Me dolían todos los huesos y prótesis de mi cuerpo. No obstante sabía que no debía claudicar ahora que estaba tan cerca de descubrir algo turbio dentro de la Corporación Ikari. Mientras desciendo por unas escaleras oscuras y mal iluminadas, ignoro si esta será la última anotación en este diario digital; a pesar de ello, quiero acotar a todo aquel que lo lea en un futuro, que no me arrepiento de nada de lo que he hecho, porque todas mis acciones han estado enmarcadas en el cumplimiento de una ley justa basada en la protección del inocente y del débil: la ley de Schrödinger.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Oper. Capítulo XIII.

Múnich. Octubre de 1941.

Los dos hombres penetraron en la habitación mal iluminada. Uno de ellos tenía gafas, manos pequeñas y suaves, frente ancha, un bigote discreto y correctamente cortado; carecía de rasgos viriles y su fisonomía delataba que tenía antepasados orientales; estaba ataviado con un uniforme oscuro y en su brazo izquierdo reposaba un brazalete color rojo. El segundo hombre no parecía ser un militar a simple vista; su cabello estaba cuidadosamente peinado, sus ojos eran inexplicablemente despiadados pero reflejaban una gran inteligencia, su nariz era recta y aguda, y su espalda erguida le daba un porte natural de determinación y seguridad; vestía un traje color caqui y su brazo también era sujetado por un brazalete de iguales características. Para un observador imparcial, le resultaría muy complicado saber cuál de los dos era el menos inhumano y vil.

Se acercaron a la pared opuesta a la puerta de entrada, donde estaba instalado un enorme equipo de refrigeración. En el centro del mismo, había una cápsula transparente con un cadáver congelado en su interior. A pesar de que la cabeza estaba separada del cuerpo, los ojos de un fuerte color carmesí estaban abiertos y vivos, incluso se podría decir que no habían sufrido los efectos de la congelación.

-He aquí el individuo experimental que me gustaría que examinara, Herr Mengele- Dijo con evidente autoridad el hombre de uniforme.

-Un espécimen interesante ¿no?- Dijo el aludido sin intimidarse -¿Dónde lo encontraron?-.

-Cerca de una meseta llamada Transilvania, durante nuestra incursión en la zona balcánica. La mayoría de los gitanos que hemos llevado a nuestros campos de concentración han comentado cosas sobre él, que pueden resultar importantes para los intereses del Führer .

-¿Qué clase de cosas?- Preguntó el segundo hombre con escepticismo y sin dejar de maravillarse por el poder innato que ejercían esos ojos carmesí.

-Habilidades que para un científico como usted podrían resultar falsas e improbables-.

-Le ruego que me ponga a prueba, Herr Himmler-.

-Para mí será un verdadero placer- Contestó el hombre de uniforme con una sonrisa y un leve movimiento de cabeza –Algunos afirman que este sujeto era un demonio capaz de alterar el clima, lograr obediencia de seres repulsivos como moscas y arañas, y convertirse en un animal salvaje o en niebla. Los gitanos más viejos también afirmaron que este individuo se caracterizaba por su fuerza sobrehumana y por su necesidad de alimentarse con sangre-.

-¿Con sangre?- La expresión del segundo hombre mostraba perplejidad.

-En efecto, con sangre. Sin embargo también nos han informado de que tenía ciertas debilidades, como por ejemplo el hecho de que no puede soportar la influencia de los crucifijos, el ajo y el agua bendita. Además, durante la luz del día su cuerpo se debilita significativamente-.

-Con todos mis respetos, todas esas afirmaciones me parecen simples supersticiones poco fundamentadas-.

-En la Ahnenerbe estamos convencidos de que esas supersticiones podrían ser ciertas. Por eso le he hecho venir, Herr Mengele. Su prestigio y fama le preceden, así que le pediré que comience a examinar este espécimen a la mayor brevedad posible. Como comprenderá, el proyecto Übersoldat no puede sufrir más retrasos-.

-Lo entiendo-.

-Imagínese a una legión de soldados arios avanzando por todo el mundo con semejantes habilidades- Alardeó el hombre de uniforme con una mirada perversa y ambiciosa –En cuestión de días habremos dominado a todas las naciones que se resistan, superando los éxitos del plan Manstein , y lo más importante es que el Führer estará complacido-.

Los dos hombres abandonaron la habitación bajo delirios de grandeza, pero ignorando la mirada penetrante de los ojos profundos color carmesí del Duque, resguardados tras la gélida y gris cápsula.

domingo, 10 de julio de 2011

Oper. Capítulo XII.

El Vértice. 23 de Julio de 2052.

Maxwell Chase sabía dónde debía ir pero estaba paralizado por el miedo. Recluido en su piso desde la inescrupulosa tortura de aquel agresor, había pasado los últimos días con un ritmo de vida muy alejado de su desenfreno habitual; no salía a las discotecas, no ejercía sus dotes de seducción con voluptuosas chicas, no usaba su costoso coche para surcar el pavimento de la ciudad a gran velocidad, no asistía a reuniones de trabajo, no hablaba con ningún cliente, no hacía algo por salir de aquel estado de enajenación en que se había sumergido. Eliminó todo contacto con la Red cuando supo quién estaba detrás de todo aquel infortunio, no contestó a los incontables intentos de conexión de su secretaria, incluso ignoró los llamados de Harold Stirling durante los primeros días de ausencia. No le importaba lo que podría pasarle en el futuro inmediato, sabía que no sería algo amable o placentero, pero quería, más bien deseaba, que pasara.

Se dispuso a tomar un poco más de ginebra sintética cuando se dio cuenta que la última botella estaba vacía. Llevaba cuatro días consecutivos de borrachera y presentía que de seguir así su cabeza iba a explotar, aunque eso tampoco le preocupaba porque de cualquier forma estaba muerto. Si no le mataba ese enmascarado por medio de la bomba fluidodinámica, era muy probable que alguien más le hiciera lo mismo que le había pasado a Harry.

Recordó a Harry por tercera vez en dos horas. Si tan sólo le hubiese hecho caso desde un principio, si pudiese retroceder en el tiempo, si tuviese la posibilidad de enmendar sus errores y descuidos, era muy posible que el principal responsable de tanta muerte y destrucción estuviese en una prisión de máxima seguridad. Pero no era así. Estaba muy ocupado asistiendo a fiestas, acostándose con mujeres, estableciendo una cadena de contactos poderosos entre sus clientes, y soñando con poseer a su secretaria.

Lo peor era que no tenía a nadie en quién confiar. Eso lo pudo comprobar cuando alguien canceló todas sus cuentas, borró todo rastro de identificación en la base mundial de datos y le dejó en la bancarrota. Lo había perdido todo porque ese alguien estaba al tanto de todo. No podía solicitar la ayuda del conserje Keaton, puesto que el enmascarado salvaje le había dado una brutal paliza. Estaba solo, completamente solo y desamparado, derrotado ante la idea de que inevitablemente le encontrarían. La idea del suicidio no le parecía adecuada, podía buscar una buena viga y ahorcarse, arrojarse al vacío desde la azotea del edificio, volarse la tapa de los sesos con una pistola, pero no tenía el valor suficiente como para hacerlo. Por eso eligió la agónica espera.

-Buenas noches, Maxwell- Dijo una voz áspera desde una de las tantas ventanas abiertas del piso, rompiendo así el silencio reinante entre el desorden de muebles, ropa y botellas de alcohol.

-Si vienes a torturarme otra vez, te adelanto que prefiero que me mates-.

Schrödinger ignoró el sarcasmo del directivo y avanzó lentamente hacia el sofá donde reposaba aquella humanidad decadente. Sus investigaciones particulares habían arrojado buenos frutos, permitiéndole obtener conclusiones contundentes. Tomó una cereza del suelo, levantó parcialmente su máscara y la comió con avidez.

-¿Sabías que en el puerto encontré esto?- Preguntó el enmascarado luego de lanzar un objeto hexagonal, negruzco y pequeño con veintidós pines metálicos dispuestos de manera equidistante en su perímetro. El hexágono cayó toscamente en una mesa de aluminio situada a la vista de Maxwell –Había miles de estos en un contenedor para transporte marítimo con destino a Indonesia. Lo curioso del caso era que las tríadas del Barrio Chino estaban custodiando una docena de esos contenedores ¿no te dice eso algo?-.

-No lo sé. Dímelo tú… Tú eres el detective…-.

-Podrías empezar diciéndome qué demonios hace la mafia china con mercancía de la Corporación Ikari, empresa en la que casualmente tú trabajas-.

-Es un implante neural de nueva generación… Concretamente es el modelo de alta calidad que se está usando para el plan de distribución mundial…-.

-¿Plan de distribución mundial?- Bajo la máscara, Schrödinger fruncía el ceño.

-¿Acaso no ves las noticias, Spiderman?- Bromeó Maxwell con sarcasmo y con una risa leve y forzada –Lo han anunciado en todas las televisiones holográficas… La Corporación Ikari ha vendido millones de estas unidades a un coste muy bajo, además de financiar las operaciones de instalación en el cerebro del interesado-.

-¿Qué clase de porquería hace ese implante neural?- Gruñó el enmascarado mientras zarandeaba bruscamente al directivo.

-¡Y yo qué sé! ¿Conectarse a la Red?-.

-No juegues conmigo, basura- Amenazó el justiciero dejando caer a Maxwell sobre el sofá. Extendió las manos con las palmas hacia arriba y los dedos ligeramente separados, con un ruido imperceptible, diez cuchillas de bisturí, puntiagudas, de doble filo y de apenas cinco centímetros de largo, emergieron de los compartimientos de sus dedos.

-Si lo supiese, ya te lo hubiese dicho ¿no crees?- Dijo el directivo sin dejar de mirar los diez objetos cortantes que se cernían con amenaza.

Schrödinger bufó exasperado e impaciente.

-¿Recuerdas a Harry?- Prosiguió Maxwell con expresión ausente –Te comenté que quería verme…-.

-A mi casi me mata- Contestó el enmascarado ocultando lentamente las cuchillas de su mano.

-Lástima que no haya terminado el trabajo… El punto es que recibí un mensaje de su parte, cifrado mediante un código antiguo-.

-¿Dónde está ese mensaje?-.

-He allí el quid de la cuestión, Batman... ¿Piensas ir a dónde sé que debemos ir y enfrentarte a quien creo que está tras todo esto?-.

-No me conoces, imbécil-.

Maxwell Chase se sintió desorientado por momentos. Quizás era por los efectos secundarios de la ginebra mezclada con ron y vodka, quizás era por la mezcla de miedo e impotencia aprehensiva que le invadía a consecuencia de su debilidad. Sabía el “quién”, pero desconocía el “cómo” y el “por qué”. No tenía la más mínima idea de la forma en que debía proceder. No podía acudir a la policía debido a que no disponía de pruebas suficientes para detener a la mente maestra, tampoco podía presentarse frente a esa persona y acusarle de algo que ignoraba. Lo único que sabía era que ese alguien estaba haciendo algo ilícito y, por lo tanto, había que actuar al margen de la ley. No obstante, existía la posibilidad de que Harry estuviese loco y que las muertes de Samuel y Manmohan fuesen accidentales; Maxwell pensaba que de ser cierta esa posibilidad era muy posible que pasara el resto de su vida en una fría y lúgubre cárcel. Aunque esa era una posibilidad muy remota y difícilmente creíble.

-Si te llevo a donde está esa persona… ¿Eres capaz de obtener una confesión?... Es decir… ¿Podrías confirmar o descartar mis sospechas?-.

-¿Acaso no te lo he demostrado?- Preguntó Schrödinger con una voz que provocó fuertes sacudidas en la espalda del fracasado directivo.


Maxwell se había bañado y vestido pulcramente con corbata y traje negro para la ocasión. Avanzó cojeando, gracias a las heridas de su cuerpo que comenzaban a cicatrizar, hasta la enorme puerta que permitía el ingreso a la lujosa mansión victoriana. Pulsó el botón del timbre al tiempo que los últimos rayos de Sol del día se reflejaban en sus gafas oscuras, esperó exactamente seis segundos y se llevó la primera sorpresa de aquella visita. Esta vez no fue recibido por un mayordomo ataviado con elegante uniforme, debido a que quien abrió el portón fue una figura esbelta y hermosa que le hizo palidecer y enmudecer.

-Buenas tardes, Sr. Chase. El Sr. Stirling lleva días esperándole- Dijo Sally Prescott con neutralidad para después observar con desprecio al enmascarado –Veo que ha venido acompañado esta vez, aunque debo notificarle que este sujeto no es bienvenido aquí-.

Schrödinger intentó refutar pero, sin previo aviso y sin ninguna clase de preámbulo, se vio rodeado por un creciente número de hombres asiáticos armados. La joven secretaria sonrío y dirigió un gesto de cortesía a un atónito Maxwell.

-Le aconsejo que no se angustie por su acompañante, Sr. Chase. Preocúpese por seguirme sin hacer pregunta alguna-.

domingo, 19 de junio de 2011

Oper. Capítulo XI.

Diario digital de Schrödinger. El Vértice. 11 de Julio de 2052.

-Verá, Sr. Chase… Si algo positivo dicen los medios de comunicación de mí, es que siempre obtengo lo que quiero. Lo cierto es que el secreto de semejante resultado se basa en que tengo mucha paciencia, así que no me obligue a demostrarlo-.

Me estaba cansando de ese afeminado chillón. La información que me había suministrado Maroni le conducía directamente a él, como el ordenante y emisor de la transferencia hecha a través del banco de Buenos Aires ¿Un asesinato estratégico, quizás? Era posible que Manmohan estuviese realizando un trabajo más eficiente que este desgraciado, o que hubiese descubierto algún desfalco y alguien quería deshacerse de él contratando a dos matones sin escrúpulos. Tenía tiempo para logar una confesión satisfactoria y estaba en lo cierto cuando pensaba que ese tal Maxwell Chase estaba metido hasta al cuello o, al menos, sabía algo. Con el soplete de fabricación casera, calenté la punta del cuchillo hasta que se volvió rojiza. Cuando se la mostré a ese miserable ricachón, percibí cómo sus latidos aumentaban a niveles insospechados.

-Hábleme de ese mensaje, “MP. 14–J” ¿Qué quiere decir?- Pregunté innecesariamente, puesto que en efecto conocía su significado.

-Escuche… Creo saber quién es usted… Pero me parece que se equivoca de persona… Yo no…- El bastardo calló cuando coloqué la punta ardiente en su pierna. En cámara lenta, vi cómo apretaba los dientes al principio y terminaba con un agudo grito.

Magnífico. Música para mis oídos.

-Le voy a ayudar- Hablé despacio, dejando que mis palabras hicieran mella en su voluntad y fortaleza –MP corresponde a las iniciales de Manmohan Patil. 14–J es una fecha, específicamente el 14 de Junio, día en que estaba pautado su homicidio consumado ¿recuerdas algo ahora o quieres que te refresque la memoria?-.

-Escucha… Yo… Yo…- El impío jadeaba y su respiración era entrecortada.

Normalmente las personas que tienen un cierto aire de culpabilidad permanecen agitadas y llegan a un punto de quiebre en que lo confiesan todo. Este sujeto estaba hecho un desastre, pero aún así las pulsaciones comenzaban a estabilizarse. En ese instante comencé a sospechar que posiblemente había algún elemento o detalle oculto. Intuí que aparentemente quería hablar, así que dejé que él mismo tomara la iniciativa.

-Me iba a reunir con Manmohan… No recuerdo si ese día o el anterior… Pero te juro que yo… Yo no le maté ni le pagué a alguien para que lo hiciera…- Hizo una pausa que me pareció forzada y prosiguió con lentitud –Respecto a la cuenta de Buenos Aires… Trabajé un tiempo con un ejecutivo que se encargaba de los negocios en Suramérica… Él me llamó hace poco y me pidió que le visitara en su casa… Es la verdad-.

-¿Quién es y dónde está?- Pregunté con voz gutural, haciendo énfasis en mi enfado.

-No muy lejos de aquí… En Unter den Linden Boulevard… Habitación 101… Se llama Harry… Harry Zimmerman…-.

Me levanté paulatinamente, haciéndole notar la superioridad que ostentaba sobre él. Su corazón ya latía con normalidad, no obstante tenía cierto recelo a creer su versión. Las fuentes de Maroni eran fiables, pero no dejaba de preguntarme si este hombre pudiese ser un simple títere de alguien más. Resolví que no debía dejarle libre y a sus anchas, así que para garantizar su lealtad concluí que lo mejor era hacer un trato con él. Dejé el soplete y el cuchillo a un lado, extraje de mi gabardina una jeringa neumática y le mostré el líquido transparente contendido dentro de la misma.

-Durante la última guerra hubo un científico que diseñó, tras arduos años de investigación, una bomba fluidodinámica como esta. Básicamente consiste en un fluido compuesto por un químico de alta densidad que, al reaccionar con el torrente sanguíneo, quintuplica la presión de las venas, afectando la irrigación de sangre en el cerebro, entre otras cosas. La sustancia contiene también un ácido que permite disolver los órganos más importantes, como el páncreas, el hígado y el corazón en última instancia. Dado sus efectos letales y crueles, su uso quedó prohibido cuando llegó la paz-.

Maxwell Chase escuchó con espanto y horror mi exposición. Me encanta la sensación que produce dicho discurso en mis ajusticiados e, inevitablemente, la de ese niñato fue inolvidable. Por si fuera poco, recordé que había empleado estas palabras con el Don siciliano hace unas semanas atrás. Me acerqué a mi presa, quien suplicaba clemencia, le di una bofetada, le puse de rodillas y clavé la aguja de la jeringa en su nuca, escuchando con satisfacción sus alaridos de dolor. El fluido fluyó gradualmente y cuando acabé con mi tarea, dejé que el estúpido cayera pesadamente en el suelo para que siguiera escuchando mi explicación.

-En estos momentos parte del líquido debe estar alojándose en tu hipófisis, por lo que es probable que sientas un pequeño hormigueo en tu cabeza- Hice una pausa para arrodillarme, mirarle directamente a los ojos y mostrarle el control remoto con un botón rojo –La bomba fluidodinámica no tiene ningún efecto si yo no la activo por medio de este control ¿lo ves? Así que te voy a proponer un trato. Le haré una visita a Zimmerman de tu parte, mientras tanto tú averiguarás si algún amigo tuyo del trabajo está involucrado en el homicidio de Manmohan ¿me entiendes?-.

El perdedor asintió débilmente. Me agradó ver su deplorable estado de derrota.

-No intentes traicionarme, Maxwell, porque de lo contrario no me costará nada matarte. Recuerda que siempre estaré vigilándote, siempre estaré muy cerca de ti-.

Guardé mis instrumentos de trabajo y abandoné el lugar dejando a ese ejecutivo llorón a su suerte. Bajé por las escaleras de emergencia con tranquilidad, salí por la parte trasera del edificio y revisé el contenedor de basura donde se encontraba el conserje todavía inconsciente, con su destrozado brazo protésico de fuerza retroalimentada. No quería agredirle, pero él me había descubierto cuando pretendía ingresar al conjunto residencial y sus modales no fueron los más adecuados.

Camuflándome entre la oscuridad melancólica, llegué a mi segundo destino de la noche. Se trataba de un edificio más pequeño y modesto, tenía solamente quince plantas y carecía de un hostil portero. Con la ayuda de mis garras escalé la estructura hasta la azotea e ingresé al complejo. No tardé en encontrar la habitación 101, alarmándome al darme cuenta de que la puerta estaba maliciosamente entreabierta. Tomé con precaución mi escopeta recortada y penetré con cautela en el piso de Zimmerman, tan solo para darme cuenta de que alguien había volteado todos los muebles y vaciado los armarios. En el único sofá que estaba intacto había un hombre anciano con la carne del cuello desgarrada, los ojos impávidos y las manos inertes cerradas. Revisé sus bolsillos para encontrarme con la realidad de que se trataba de Harry Zimmerman.

¡Maldita sea! ¿Qué había pasado aquí? ¿Era esto una obra del fulano Maxwell Chase? ¡No! Ese cobarde no era capaz de llevar a cabo un acto de esta naturaleza, además la sangre del cuello de la víctima estaba fresca, por lo que intuí que el incidente había pasado hace pocos minutos. Alguien se había adelantado y era muy posible que todavía se encontrara cerca.

Sin previo aviso, sentí un ruido molesto y estridente. Temiendo lo peor, volví la mirada hacia el lugar de origen y observé que el temporizador digital de una bomba incendiaria se acercaba peligrosamente al cero. Tenía únicamente diez segundos. Corrí hacia la ventana más próxima, rompí el cristal e inicié la caída al vacío, sintiendo a mis espaldas cómo una enorme bola de fuego destruía tres plantas en escasos segundos.


Estoy molesto. Muy molesto. Alguien mató a Zimmerman, usó a Chase a su antojo y se atrevió a asesinarme en el proceso. Ese alguien lo va a pagar muy caro. De eso estoy completamente seguro. Emplearé todos los medios necesarios, incluso si tengo que barrer toda la escoria de esta maldita de ciudad.