Lo siguiente es una anécdota real que me ocurrió en Mayo de
2012.
Me encontraba trabajando en un país de la Europa central,
más concretamente en ese dónde está la región de Bohemia y sus magníficos
cristales. Un compañero y yo estábamos con la puesta a punto de un nuevo modelo
de trenes eléctricos de media distancia, del tipo que alberga a decenas de
pasajeros.
Sobre las 03:00 horas se inició una lluvia primaveral, quizás
algo atípica para el día, puesto que el calor dominó gran parte de la tarde y
noche anterior. Pavel, el maquinista, nos dijo que sería algo pasajero, probablemente
de unos minutos, puesto que la previsión meteorológica avisaba de un cielo
despejado, del tipo que puedes ver las estrellas.
No terminó su exposición, cuando vi un par de ojos asustados
en mitad de las vías. Un cervatillo estaba petrificado. El miedo le impedía
moverse. Pavel reaccionó tarde, pero no era su culpa. Es necesario tener en
cuenta que para frenar un tren a 160 km/h se necesita de mucha distancia, incluso
en el modo de urgencia.
La suerte estaba echada.
Escuchamos primero un golpe seco en el frontal del vehículo,
seguido de otros tantos por debajo del mismo. En algún momento, aquella masa
metálica fruto de la ingeniería moderna consiguió detenerse. El maquinista nos
alertó de que se había presentado un fallo en el vehículo.
Nos vestimos con la chamarra de un color amarillo muy vivo y
nos dispusimos a descender del tren. Una gran mancha roja había pintado la
nariz de la máquina. Mi compañero iluminó con la linterna y vimos un
espectáculo difícil de describir, pero era lo más parecido a una sopa de tomate
arrojada contra una pared, o un cuadro, como marca la moda actual.
Detecté enseguida cuál era el problema. Una de las balizas del
vehículo había recibido un impacto directo con la envergadura del animal, y colgaba
precariamente de los cables. Había que arreglarla si queríamos seguir
avanzando. Mientras tanto, Pavel informaba de la situación en perfecto checo al
Centro de Control Operacional. Nos autorizaban a permanecer en ese lugar durante
veinte minutos, de lo contrario enviarían una locomotora para nuestro rescate.
Calculé que en veinte minutos sería difícil resolver el
problema, pero al menos lo intentaríamos.
Nos dispusimos a buscar las herramientas, pero extrañamente
las puertas de acceso a la sala de pasajeros estaban cerradas. Fruncí el ceño,
las habíamos habilitado para salir. Pensé en ese momento que probablemente se
habían deshabilitado transcurrido el tiempo pertinente de seguridad.
Afortunadamente tenía el llavín de emergencia. Lo introduje
en la cerradura externa y no ocurrió nada.
-¿Qué ocurre?- Preguntó mi compañero, un señor con muchos
años de experiencia y que estaba curtido en una gran multitud de viajes.
-No abre- Respondí innecesariamente.
Lo intentó él también pero no tuvo éxito. Fuimos a otra
puerta, a la siguiente y a la siguiente. Los resultados eran idénticos.
Cuando estábamos en la última, la alarma de habilitación se
había activado en otra un poco más lejos, una de las que ya habíamos revisado,
signo de que esa estaba abierta. Avanzamos hacia ella, pero cuando llegamos se
había cerrado otra vez.
Me rasqué la cabeza, confuso. Estábamos perdiendo un tiempo
valioso.
Sucedió lo mismo en otra, situado en el lado opuesto. Rodeamos
el tren y llegamos a ella. También estaba cerrada y el llavín no funcionaba.
-¿Pavel? ¿estás dentro del tren?- Pregunté por la radio.
Escuché su negativa y vi a una distancia de unos cuarenta
metros cómo agitaba los brazos. ¿Qué estaba pasando?
-Será una avería del lazo de puertas- Precisó mi compañero.
Asentí levemente. Tenía sentido, pero ¿Por qué no funcionaba
el llavín? Eso si era raro. El llavín activaba un mecanismo independientemente
de la lógica electrónica. Tenía que funcionar.
Una brisa gélida me estremeció por un momento y lo que sucedió
no lo he vuelto a ver en ningún otro vehículo. Las alarmas de apertura de
puertas comenzaron a sonar en todo el vehículo y las puertas se abrían y
cerraban sin control.
Era imposible meterse sin el riesgo de quedarse atrapado
entre las hojas dobles de la puerta y hacerse algún daño, aunque sea leve. Miré
a mi compañero y éste estaba completamente extraviado. Más tarde me confesaría
que jamás había visto algo igual, hasta la fecha actual.
Hasta que cesaron las puertas y se cerraron por completo. Enseguida
se apagó el tren y nos quedamos completamente a oscuras, salvo por la mortecina
luz de la linterna.
Le pedí a Pavel que pidiera la locomotora para acudir a
nuestro rescate. Esperamos una hora en silencio. Ninguno quería mencionar o
hablar nada sobre ese asunto.
Cuando la locomotora alcanzó nuestra posición, dos operarios
fornidos hicieron un muy buen trabajo acoplando a aquella gigante de
motorización Diesel al tren. Nos subimos a esa locomotora e iniciamos el
regreso a la precaria velocidad de 60 km/h, lo cual nos hizo llegar al alba a nuestro
destino final.
Al día siguiente, revisé la posición GPS de la zona donde
nos quedamos varados. El lugar más cercano se llamaba Kutná Hora. Cuando se lo mencioné
a Pavel, vi cómo se persignaba. Al preguntarle la razón de su reacción, me dijo
que en ese poblado existe una pequeña capilla católica llamada Osario de Sedlec,
cuyo mobiliario, candelabros y demás adornos están elaborados con los huesos y
esqueletos de los cadáveres de antiguos nobles y ciudadanos que habían sido
enterrados en su cementerio en siglos pasados.
Intrigados, mi compañero y yo decidimos visitar la capilla
en nuestra tarde libre. En efecto, la capilla es un espectáculo visual entre lo
dantesco y lo hermoso. Lámparas formadas por tibias y cráneos, asientos hechos
con huesos perfectamente conservados…
Revisamos el tren esa misma mañana y estaba todo correcto.
No había reportes de averías en las puertas, ni tampoco en el software de control.
Todo estaba en una extraña normalidad.
Desde entonces, atribuimos ese incidente a una serie
fortuita de eventos. El atropello del animal, la mala suerte, pero en ningún
momento nadie quiso añadir a ese cóctel la mera posibilidad de que el dueño o
dueña de algunos de esos huesos nos hubiese hecho una hábil triquiñuela.
Era lo mejor.
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