Mostrando entradas con la etiqueta Ciudad muerta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ciudad muerta. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de junio de 2025

"Dos" en iVoox

 Hola a los lectores invisibles.

 Hace un par de días han tenido a bien narrar el relato corto "Dos" en "El contador de historias", un Podcast de iVoox muy interesante. 

Podéis escucharlo en el siguiente enlace:

 https://www.ivoox.com/dos-audios-mp3_rf_148765491_1.html

Hasta otra. 

Wintermute.

domingo, 25 de mayo de 2025

Dos

 Te miraba nerviosa, intentando aparentar seguridad y maldiciendo la facilidad con la cual mis mejillas se sonrojaban. Tú me mirabas fijamente, al tiempo que bromeabas y tus manos frenéticas jugaban en tus bolsillos. Mientras tanto, el ascensor nos llevaba hasta donde sabíamos y queríamos llegar.


Abro la puerta de la habitación, entramos a oscuras y acierto a encender una pequeña lámpara. Cuando me enderezo noto tu respiración detrás de mi. Ni siquiera me rozas y ya erizas mi piel. Ahora te miro a los ojos, tus manos me rodean y empiezo a sentirme más cómoda, rodeo tu cuello con mis brazos, acerco mi cara y por fin huelo tu aroma.

-Tenía tantas ganas de estar aquí contigo…- Susurro débilmente, admirando tus ademanes frágiles y delicados.


Coges mi cara entre tus manos, tus pulgares recorren mis labios, mi lengua juguetea con ellos y me acerco hasta casi rozarlos. Un fingido paso hacia atrás te hace avanzar hacia mi y ahora sonriendo comienzas a besarme. Eres tal y como lo imaginé: una mezcla de dulzura que se evapora en el volcán de tu deseo. Nuestros besos son tímidos al comienzo, después tus dientes muerden mis labios y nuestras lenguas se alían en la lucha contra la prudencia y la victoria del placer. Mis manos se han colado por tu ropa y acaricio tu espalda recreándome en cada uno de tus poros. Mientras me miras sonriente colaboras a dejarme poseer la cubierta de tu corazón, ese que late acelerado a nuestro compás.

Sonriendo, guío tus manos al primero de los botones; en tu apresurado recorrido arrancas uno de ellos mientras reímos ahora confiados. Tu boca busca protagonismo y tras liberarlos de su prisión son tus dientes quienes vuelven a apresar mis pezones hasta hacerles arder de deseo. Mis manos desabrochan tu cinturón, hace tiempo que quiero sentirte pegado a mi sin barreras. Te tomas la revancha dejándome expuesta ante ti. Este será nuestro primer abrazo, el más íntimo y profundo y la señal de una irrevocable carrera hacia el éxtasis.


Tu hombría inhiesta roza mi piel. Te separas para mirarme con un aire seductor que sin duda funciona. Con una sonrisa traviesa y entre tropiezos llegamos a la cama. Tu espalda descansa sobre el colchón, mis labios ya recorren tu cuello, mi lengua baja hasta tus pezones y comienzo el ardiente recorrido hasta tu ombligo. Llego hasta donde hace horas quiero llegar y tu gemido me indica que soy bienvenida. Ahora desde aquí aún me gustas más. Observo tu cara mientras mi lengua cobra vida propia y tu mirada, más allá del tiempo y el lugar, me hace cómplice de tu fruición. Disfruto encantada la dichosa sensación de darte todo el placer que sé que puedo dar, y verte indefensamente feliz y extasiado, preso de tu deseo y de la lujuria de mis labios.


Dura poco mi reinado y ahora me volteas hasta poseer de nuevo mis pechos y maliciosamente sujetas mis manos mientras me devuelves la tortura de acercarte a mi reclamo. Mi cuerpo ya no me obedece y ahora solo puedo dejarme caer en el primer abismo al que me lanzas. Tu boca me ofrece mi néctar y me fundo en un agradecimiento sin palabras, robándote el puesto sobre mi y aferrándome a tu cuerpo sentada sobre él. Mis manos recorren tu angelical rostro, nuestros instrumentos de gozo se rozan y me encargo de guiarlos hasta su encuentro. Mi labio apresado por mis dientes desvela mi placer. Comienza el baile y tu dulce mirada me saca a la pista. El balanceo de mi cuerpo marca el ritmo de tu palpitar. Mi susurro anhelando que des más enciende tu cuerpo y me guías con descaro y rapidez hasta donde quieres llegar. Tu boca, mi cuello, mi aliento, tu cuerpo, mis ganas… Todo queda resumido en un solo momento de embriaguez en el que me derrito y te quemo, te derramas y me pierdo.


Sonriente me miras mientras remolona me desperezo. Los segundos pasan de la misma forma en que el invierno sigue al otoño. Despierto y sólo veo una nota escrita con tu inmaculada letra. Esta noche volveré a estar contigo. Mi cuerpo aún tiene tus huellas y mi piel ya te echa de menos. Mi esencia solo quiere tu abrigo. Sólo han pasado unas horas y te busco de nuevo.

 



domingo, 27 de abril de 2025

Profesional

 

-Espera, no sé cuánto te han pagado, pero puedo doblarlo...-.

Jean-Pierre Petión no pudo terminar la frase. Una bala certera y directa en mitad de los ojos oscuros le derribó, dejando una ráfaga carmesí e irregular en el lienzo de la pared blanca.

Contempló el cuerpo inerte de su último contrato. Se trataba de un lugarteniente de la banda haitiana de Alexandre Bernard, dedicada al tráfico de drogas sintéticas. Era alguien dedicado a la distribución en las calles usando jóvenes de las barriadas del Southtown, algo que era rentable, dado que la paga era ínfima y además esos mismos chicos eran la cantera para futuros sicarios de vida corta.

Guardó la pistola en la funda bajo su gabardina de cuello alto, ajustó las gafas oscuras y abandonó la habitación. Jean-Pierre tenía especial predilección por los hombres caucásicos de piel pálida, así que frecuentaba tugurios especializados en tales menesteres. No fue difícil engatusarle y llevarle a una habitación de alquiler por horas.

Todos sostenían el mismo patrón. Suplicaban cuando se sentían acorralados y al albor de la muerte. Ese criminal le había ofrecido más paga, pero un contrato era un contrato, y debía cumplirse a cabalidad.

La policía corrupta no tardaría en hallar la escena del crimen, clausurando el edificio, hurgando en los registros del motel y buscando huellas dactilares. No hallarían ningún indicio sobre su culpabilidad. Estaba completamente confiado y seguro de ello.

El servicio de autobuses era un desastre, pero era indispensable. Había calculado de sobra el tiempo previsto para volver. Dos trasbordos, tres líneas y una treintena de paradas, para llegar a su destino. Calculaba que, tras semejante odisea, el recepcionista estaría tocando la puerta desvencijada de aquel cuchitril y anunciando que sus ocupantes lo debían abandonar inmediatamente.

Su hogar era modesto, pero le ofrecía todas las comodidades posibles. Dejó la pistola en un armario con doble fondo, donde también disponía de otros utensilios para llevar a cabo sus labores de limpieza: una escopeta de dos disparos, efectiva en las cortas distancias; un revólver con tambor para cinco balas, el último recurso en un tiroteo; un rifle con mira telescópica para los encargos a larga distancia; una docena de cuchillos bien afilados en caso de combates cuerpo a cuerpo… En suma, un surtido de herramientas compradas de modo ilegal, pero adecuadas.

Un teléfono negro y con un cordel de plástico sonó con el clásico ronroneo.

-¿Cómo ha ido?- Preguntó una voz afónica.

-Sin novedades- Respondió con tono neutro.

Colgó el auricular. No necesitaba decir más.

Los motivos cernidos en los encargos no le importaban. Infidelidades, corrupción política, rivalidad corporativa, viejas rencillas, cualquiera que sea la razón le era irrelevante. Lo único que importaba era el pago, aunque sospechaba que esta vez podría tratarse de un ajuste entre bandas rivales. Por el acento de su empleador temporal intuía que se trataba de alguien con vínculos en cierta república exsoviética, aunque eso obviamente era una conjetura.

Se dio un baño rápido, una de esas duchas con agua caliente y abundante. Cuando se estaba secando, su teléfono móvil personal sonó con impaciencia. Se trataba de un modelo compacto y analógico, del tipo que no dejaba rastro.

-Ha ocurrido un homicidio- Dijo Cunning, probablemente expulsando humo de tabaco.

-¿No tienes a otro?- Replicó con desgano.

-Estoy llamando a Lester, pero no responde. Así que te ha tocado estar a cargo-.

Sonrió levemente cuando apuntó la dirección. Condujo en silencio por las atiborradas avenidas y no tardó en llegar al lugar en cuestión. La marquesina intermitente de color púrpura anunciaba que se trataba de un motel abierto las veinticuatro horas de los siete días de la semana.

Ingresó con la confianza que le otorgaba su cargo y su discreción.

Un individuo desnudo y de tez negra era fotografiado por un forense.

-Inspector Vanicelli, acabaré en breve. Estaré en la morgue, por si quiere ver la autopsia y conocer algún adelanto, aunque el resultado creo que es bastante evidente-.

Asintió y se agachó para ver su obra. La sangre en la pared se había oscurecido. Tenía muchas ideas para dar carpetazo a este asunto.

Vincent Vanicelli era muy creativo a la par que profesional en sus dos empleos.

_________________



lunes, 5 de diciembre de 2022

Azul frío

 El invierno del lejano año 2019 se caracterizó por sus extraños días cálidos. La mañana del 3 de Febrero me disponía a acudir raudo a mi trabajo cuando me percaté de que las ruedas de mi bicicleta estaban desinfladas.

Como ya era tarde, decidí ir en coche, más sin embargo encontré una navaja clavada en la rueda delantera derecha. Asustado, decidí llamar a la policía inmediatamente para denunciar tal sabotaje. En mi auxilio, acudieron dos funcionarios de la ley y el orden. Uno joven, con aspecto pulcro y monótono. El otro era un caballero de elevada estatura y con canas en el cabello. Inspeccionaron la zona, el coche y los alrededores. Levantaron un parte. Preguntaron si alguien me había amenazado recientemente. Negué con la cabeza. Era la primera vez que me pasaba un acto tan brutal.

Ese día no fui a trabajar y, angustiado, me recluí en casa. El retrato de mi difunta esposa reinaba en la sala. Antonia, se llamaba. Antonia, era su nombre. Antonia, había fallecido en un infeliz accidente. Me serví una copa de whisky y me dediqué a mirar por la ventana. No me di cuenta del gato siamés que me contemplaba desde fuera al tiempo que agitaba su cola con súbita inquietud.

La lluvia apareció y sacudía el cristal. Los ojos azules del animal coincidieron con los míos. Estaba mojado, pero, salvo su cola, permanecía imperturbable. Ese color azul era exactamente igual a las cuencas oculares de Antonia.

Era el verano de 2018. Antonia me reñía como marcaba la costumbre. No recordaba el motivo, pero quizás era por cualquier tontería. Quería que parase de gritar. Estaba cansado. El cuchillo de cocina era tan brillante y afilado.

-¡Antonia!- Grité en la soledad de la estancia, mientras soltaba la copa vacía y se hacía añicos en el suelo.

No supe cuándo entró el gato a mi casa. Se subió a mi regazo con elegancia y me empapó los pantalones. Ronroneó y agitó las orejas. Miré el cuadro por enésima vez.

Me encaminé a la bañera y la llené con agua caliente. Me relajé y observé la hojilla de afeitar. En cuestión de instantes, sendas líneas rojas se dibujaron en las venas de mis muñecas. Agua mezclada con sangre AB-. Los ojos felinos me volvieron a penetrar en el fondo de mi corazón.

Una mano gélida se posó sobre mi hombro y una voz cascada gimió temblorosa: -Amor mío...-.

Dos días después desperté en el hospital. Un vecino me encontró en mi piso tras escuchar gritos agónicos. Afortunadamente, o quizás desafortunadamente, tenía una copia de la llave. Me hicieron varias analíticas, revisaron mi historial clínico y me remitieron con un psiquiatra. Un agradable hombre de aspecto risueño, pero con unos ojos azules tan gélidos como los de Antonia y los de ese gato siamés que decidió instalarse en mi habitación.

Vivo en el recuerdo de una pesadilla que nunca acaba. Un recuerdo celeste como el cielo. Una pesadilla que no me deja conciliar el sueño. Una pesadilla con nombre: Antonia.

 

sábado, 19 de junio de 2021

Se cierra el círculo

 Se cierra el círculo

 

Limpiar las bujías es, en esencia, una tarea rutinaria. El primer paso consiste en desmontar el cable concienzudamente y limpiar el contorno con aire a presión. El hollín y la carbonilla incrustada en las roscas se elimina utilizando soluciones descarbonizantes de alta densidad. Por último y antes del montaje, un mecánico hábil debe comprobar la distancia del electrodo mediante un micrómetro.

Josh era uno de esos mecánicos hábiles. Por experiencia sabía que esa distancia debe estar comprendida entre los 0,5 y los 0,7 milímetros. Ni más ni menos.

Cuando aquella pareja accedió a su minúsculo taller ubicado en el corazón del extrarradio, en la calle novena, el mecánico estaba ajustando el apriete de la última bujía. Aún le quedaban algunas comprobaciones adicionales, pero confiaba en volver temprano a casa esa tarde.

La pareja la formaban dos individuos ataviados de traje negro y corbata de seda. Si Josh hubiese sido un poco más avispado, quizás habría detectado los bultos que sobresalían de cada ajustada chaqueta, entreviendo pistolas de grueso calibre.

-Buenas tardes, caballeros- Saludó el mecánico, limpiándose las manos con un paño de color indeterminado.

-Buenas tardes. ¿Es usted, Josh Williams?- Preguntó el más alto de los dos sujetos.

-Sí- El mecánico se sintió confuso por un instante.

-Nos han recomendado su establecimiento para una reparación de nuestro coche- Prosiguió el hombre del traje -Verá, tenemos bastante prisa y necesitamos el vehículo arreglado para mañana a primera hora-.

Josh parpadeó repetidamente.

-Se le pagará una cuantiosa suma de dinero por la premura, obviamente-.

-¿Dónde está su coche? Tengo que valorar en primer lugar la envergadura de la avería- Dijo Josh, con suspicacia.

-No hemos venido con él. Se encuentra en la residencia de nuestro mecenas. Le llevaremos allí-.

-No será necesario. Puedo ir en mi propio coche- Replicó el mecánico. Aquello le disgustaba.

-Insistimos en que venga con nosotros- Intervino el segundo sujeto, esta vez con un revólver en su mano.

-Le recuerdo que nuestro mecenas le pagará generosamente- Prosiguió el aparente líder de la pareja, más conciliador.

Josh reflexionó con la mayor rapidez posible. Sin buscarlo, estaba en un buen lío.

-De acuerdo… Iré con ustedes, pero sin saber qué tiene su vehículo no puedo garantizar nada. Debo recoger mis herramientas y…-.

-Olvídelas. Le suministraremos todo cuanto necesite- Interrumpió el hombre.

A modo de precaución tomó una caja con utensilios básicos. Clausuró el taller como buenamente pudo y el hombre del revólver le empujó al asiento trasero de una limusina oscura. Seguidamente se sentó a su lado y no guardó el arma en ningún momento.

Por la ventana, Josh observó cómo abandonaban el barrio y las calles que conocía. En cuestión de minutos, accedieron a una autopista con peaje de pago donde permanecieron durante un cuarto de hora. Tras tomar una salida, ingresaron a una zona residencial más lujosa, donde abundantes mansiones con vallas electrificadas discurrían en una procesión interminable.

Una suave deceleración detuvo el vehículo frente a una reja metálica custodiada por un vigilante jurado. Tras vencer la inercia inicial, la reja se deslizó lo suficiente para permitir el paso de la limusina. Un minuto después habían accedido a un emplazamiento donde otros tres coches estaban aparcados.  

-Aquí bajamos- Anunció el hombre del revólver.

Josh se sentía fuera de lugar. Una habitación de aquella casa era, con total certeza, más grande que se propio apartamento en los suburbios humildes. Se fijó en los otros coches, dos de ellos eran vehículos costosos, con especial diseño y accesorios hechos a medida. El tercero era un coche deportivo y lo que más destacaba del mismo, era el cristal frontal roto y la parte delantera abollada.

-Éste es el coche que necesitamos que repare y deje listo para mañana- Habló el hombre de traje, mientras el segundo guardaba su revólver bajo la chaqueta. Señaló el destrozo -Como usted ya se habrá dado cuenta, el dueño ha tenido un desafortunado incidente justo antes de sus vacaciones-.

El mecánico hizo una evaluación preliminar y consideró el alcance de su trabajo encargado por obligación. La luna sería lo más sencillo de arreglar, pero el radiador estaba inservible y la estructura de la carrocería llevaría mucho trabajo. Debía enderezar primero y luego volver a ajustar su forma original. Eso sin contar la pintura y otros posibles fallos que encontrase durante el proceso.

-Me temo que no lo podré tener para mañana, aun trabajando todo lo que queda de hoy y esta próxima madrugada- Antes de que la pareja emitiese alguna disconformidad, apuntó al radiador -Además voy a necesitar ayuda para remover eso-.

-La tendrá- Dijo uno de ellos, el que sostenía el revólver.

-Prepare una lista de los repuestos y lo que requiera- Intervino el otro, dejándole una pluma estilográfica y un bloc de notas.

Josh no tardó en hacer un listado preliminar, mientras observaba cómo ambos sujetos se quitaban las chaquetas y corbatas de sus trajes. En ese momento, apareció una segunda pareja. Se trataba de un anciano con ojeras y manchas en el rostro, y una mujer de unos cincuenta años, maquillaje corrido y ojos llorosos.

-Buenas tardes, Sr. Williams- Habló el anciano, su tono de voz era de barítono ahogado por el tabaco y su aliento destilaba alcohol -Perdone usted por lo intempestivo de nuestra solicitud. Sepa usted que el dinero no es un problema…-.

Un poco más lejos, en la mansión, una chica joven y desnuda salió de la puerta principal gritando y riéndose, mientras era perseguida por quien debía ser el mayordomo. El alboroto dejó al mecánico estupefacto.

-¡Fresa! ¡Todo es de fresa! ¡Mi papi es un tacaño y mi mami era una stripper! ¡La, la, la!-.

-¡Por Dios, Aura! ¡Te dije que durmieras a la niña!-.

La aludida estalló en llanto y se derrumbó en el suelo. El hombre del revólver le ayudó a incorporarse.

-¡Hoy he estado con dos tíos y creo que me han dejado embarazada! ¡Mi papi va a ser abuelo! ¡Vainilla, melocotón, cerezas! Todo es de frutas-. La adolescente se lanzó a una piscina. El mayordomo no tuvo más remedio que sumergirse también en el agua.

-La lista- Le dijo Josh al líder de la pareja de matones. Era de clase baja, pero no era tonto. Ya se había hecho una idea de lo que había ocurrido.

Mientras esperaba las refracciones, empezó desmontando el radiador. Observó que alguien había limpiado con lejía la zona del impacto, pero aún quedaba algún rastro de sangre ajena.

El equipo de herramientas especifico y los repuestos no tardaron en llegar. El dinero, y no la fe, mueven montañas.

Trabajó durante toda la noche con la ayuda de esos dos mastodontes. Les indicaba dónde tenían que aflojar o dónde debían apretar. Estaba cansado, pero quería culminar lo más pronto posible aquella desagradable faena en la que le habían inmiscuido sin buscarlo.

Cuando amaneció, ráfagas de pintura pulverizada cubrían los componentes arreglados de la carrocería. No se dio cuenta cuándo apareció el anciano, pero sí percibió que le miraba con una mezcla de angustia y satisfacción.

-Mi hija es rebelde e inquieta, Sr. Williams. Pese a que ella ha tenido un accidente muy desafortunado, agradezco mucho la cooperación que usted nos ha brindado para ayudarnos a resolver nuestro problema- El anciano hizo una seña y uno de sus subordinados le extendió un maletín de terciopelo.

En el interior había incontables fajos con billetes de alta denominación y un olor a dinero turbio. No le importó. Con esas cantidades podía cerrar el taller y estar más tiempo con su mujer. Se habían casado hace unos meses y quizás era la oportunidad de pensar en tener descendencia.

La limusina le llevó de vuelta a su nido, pero Josh le pidió que le dejara unas manzanas antes. Sencillamente no querían que supiese dónde vivía. Sólo quería olvidar ese desgraciado episodio.

Caminó lentamente y con el maletín aferrado entre sus brazos. Se detuvo ante un quiosco donde los periódicos del día estaban anunciados en el escaparate. En el periódico local, el titular rezaba lo siguiente:

Atropello y fuga con fatal desenlace.

El contexto de la noticia informaba sobre un coche deportivo de alta gama que había atropellado a una empleada de una farmacia. La infortunada mujer había sido atendida por paramédicos que acudieron al lugar de los hechos, pero no fueron capaces de reanimarla. Un testigo aseguraba que una chica era quien conducía el vehículo, pero no pudo apuntar la matrícula, dada la rapidez de la tragedia.

Las piernas de Josh flaquearon y se desplomó en el suelo. La noticia era acompañada por la fotografía de la víctima.

Era la esposa del mecánico.

________________________ 


jueves, 29 de abril de 2021

Ese breve momento

Tenerla a mi lado era una sensación bipolar. Por una parte, no deseaba separarme de su limpio corazón. Por el contrario, tenía miedo, auténtico miedo. No quería que sufriera mucho más por mi culpa. Pensaba en la forma fortuita y desafortunada en que la conocí: Secuestrándola, como parte de un trabajo que me habían obligado a llevar a cabo. Por ese motivo, era preciso que me centrara aún más. Ella sería capaz de cuidarse, pero yo estaba absolutamente decidido a morir por ella. Lo había resuelto cuando nuestros labios se tocaron por vez primera o, quizás, cuando la vi en aquella mansión.

Debía deshacerme de esos temores. La cabaña estaba en apariencia abandonada, pero resultó ser una ilusión. Tras dar un rodeo alrededor de la estructura, pudimos comprobar que no había nadie, al menos en la planta baja. No se veía ningún tipo de iluminación ni allí, ni el piso superior. Forzar la cerradura sin romperla no fue difícil. Examinar la casa de arriba abajo tampoco lo fue.

No había nadie y la noche estaba por llegar.

Resultó ser un lugar ordenado, humilde y discreto. En una caja refrigerada por un émbolo movido por vapor, había algunas conservas. Tras revisarla, encontré algunas conservas de atún y trucha en buen estado, además de arroz blanco cocido, quizás preparado por los dueños de la residencia para alguna ocasión.

Liz estaba sentada frente a una mesa de madera y con las manos en el regazo. Escuché cómo su estómago rugía y me sentí culpable.

Preparé la improvisada cena y la serví sobre sendos platos metálicos. La cubertería y el menaje eran baratos, pero pulcros. Me prometí que para la próxima cena me esforzaría en hacerle algo mejor.

-De primero tenemos delicias del mar y de segundo semillas blancas aderezadas al estilo de Ansalance- Anuncié con parsimonia, sobreestimando los manjares que íbamos a degustar.

Elizabeth sonrió y con delicados ademanes extendió una servilleta de tela sobre sus piernas.

Esta vez fui yo quien se ruborizó por los malos modales. Había cogido el tenedor de mala forma y ya me disponía a comer, sin esperarla. Me fijé en cómo manipulaba el cuchillo e intenté imitarla, pero fui torpe y se me cayó el cubierto. Lo recogí, pero otra vez mi torpeza (más bien nerviosismo), hizo que mi cabeza se golpeara contra la esquina de la mesa.

Ella se echó a reír y no pude evitar acompañarle.

Intenté comer despacio e imitar sus calculados y delicados ademanes, pero mis años como mercenario me delataron. Tenía mucho por aprender. Sin darme cuenta, le resumí toda mi vida, algo que jamás había hecho con nadie. Mi niñez en los Estados Asociados de Ansalance, abandonado por unos padres que no recordaba. Mi infancia en las calles sobreviviendo. Lo mucho que siempre soñaba con volar como lo hacían los pájaros. La suerte que tuve al poder acceder en la Escuela de Aeronáutica. Mi futuro truncado como piloto de carga, tras un accidente donde perdí parte de mi brazo izquierdo.

Lo hice con total naturalidad, deseando que ella supiese todo de mi.

-¿Silas fue tu profesor?- Preguntó en algún momento.

-Uno de ellos, sí- Respondí, recordando a ese viejo instructor -Solía reprochar mi temeridad, pero era muy bueno-.

-¿Y cómo llegaste a ser lo que eres?- Esta vez su voz era baja, como un susurro.

-Nunca pude ser un piloto civil. Fui rechazado en todas las compañías. Un día, alguien me propuso hacer un trabajo transportando una carga. Pensé que era mi oportunidad para empezar, pero no sabía dónde me estaba metiendo- Me encogí de hombros -Para cuando lo supe, ya era muy tarde-.

Me levanté de mi silla y me dirigí a la cocina. En una estantería había algunas hierbas de menta, con las que preparé un té caliente. Serví dos tazas y otra vez intenté imitar sin éxito los buenos modales de Elizabeth. Yo tenía mucho por aprender.

-Afuera es de noche y esta casa parece segura. Propongo que nos quedemos aquí para descansar hasta mañana-.

La planta superior tenía un par de habitaciones y un baño. Me dediqué a buscar ropa en un armario y hallé unos pantalones, una camisa, un sombrero de ala ancha y una gabardina. El hombre que vivía allí tenía buen gusto. Liz revisó otro armario y encontró también un vestido. Por un instante, me imaginé que estábamos en nuestra casa, preparándonos para tener una cita o simplemente para salir a pasear. Soñé con una vida mundana y mucho más sencilla a su lado, pero sabía que estaba muy lejos de todo aquello. Aún había mucho camino por recorrer.

-Me voy a bañar- Dijo y sus ojos claros me derritieron.

-Sí, claro- Contesté innecesariamente.

Mientras sonaba el agua cayendo en la ducha, me dediqué a revisar a Orgullo y Prejuicio. Limpié y sequé el tambor de cada revólver. Algunas balas estaban inutilizadas, pero otras se hallaban en buen estado, aunque debía conseguir más. El rifle era un problema. El percutor se había estropeado tras los dos disparos realizados en la ciénaga. No sabía cómo arreglarlo, pero aún así lo conservaría.

La puerta del baño se abrió y percibí los acompasados pasos de Liz acercándose. Olvidé acordar con ella cómo nos íbamos a organizar con las camas, pero pensaba en que ella debía dormir y yo hacer una guardia. No quería sorpresas.

Se acercó ataviada únicamente con una toalla blanca. El cabello aún mojado, los labios carnosos, mi nerviosismo evidente, mi corazón latiendo rápidamente, su corazón batiendo armónicamente.

Colocó sus manos en mi pecho y la toalla se deslizó lentamente hasta el suelo. La besé sin dudar, sin pausa y con toda la delicadeza de un granuja rendido. Me llevó hasta la cama, donde caímos entre risas y fundiéndonos en una sola alma. 

-Te llevo ventaja- Musitó en algún momento.

-No quiero separarme de ti- Fue mi única respuesta.

Esa noche fuimos el pretérito de un inicio imperfecto.

Sí. Moriría por ella.

 

________

Elizabeth dormía y yo miraba por la ventana. Dormité un poco, abrazado a ella. Pero tras despertar, me senté a los pies de la cama y a esperar la luz del alba. En algún momento, noté cómo se incorporaba y me daba los buenos días, mordiéndome una oreja. Me volví para besarla y corresponderle, pero alguien nos interrumpió en la planta baja.

-¡Cariño! ¡Alguien ha comido en nuestra cocina!- Exclamó la voz de una mujer.

-¡Maldita sea! ¡Nos han vuelto a robar!- Gritó un sujeto con tono hosco.

-¡Rápido! ¡Vistámonos!- Fue lo único que alcancé a decir.

La ventana de aquella habitación daba a una cornisa. Abrí el cristal, accedimos a ésta y de un pequeño salto alcanzamos el patio trasero, donde había además una huerta.

Escapamos de esa casa, corriendo y cogidos de la mano, como dos adolescentes huyendo tras haber hecho una travesura.

Jamás olvidaré ese breve momento de felicidad y esperaba que fuera un sentimiento mutuo.

Nebulous estaba muy cerca.

_______________