Un terremoto emocional puede ser originado por multitud de causas y, en algunas ocasiones, puede desencadenar una vorágine de sentimientos.
Mi corazón desea fervientemente acudir en tu búsqueda, encontrarte en tu dominio, conocerte más allá de la distancia que nos separa y corresponder ciegamente a tu insondable sentimiento. Sin embargo, mi cerebro me alerta con cautela, me avisa de que no debemos caminar por un sendero de incertidumbre.
Cierto es que desconozco a quién debo obedecer, aunque reconozco que en una balanza, es el primero quien lleva la delantera. Me exclama a gritos que avance sin mirar atrás, que abandone mis angustias y me entregue a tu alma.
¿Podemos cruzar esa delgada y frágil línea escarlata? ¿Estamos dispuestos a fundirnos en una sola persona? ¿Cómo seguiríamos al día siguiente? ¿Como dos polizontes furtivos bajos las estrellas? ¿O solo sería un irrenunciable arrebato de un único día?
Convertir un sueño mutuo en una realidad inequívoca es un anhelo, un afán que ahora mismo se me antoja lejano. Eso me duele, y mucho. Me duele porque has dejado una profunda huella en un breve momento. Una afilada flecha que me ha atravesado hasta caer en tu abismo de amor y bondad.
He acariciado mi propia lujuria evocando un recuerdo compartido que aún no hemos creado, esperando esa vez en la cual me confiesas que haces lo mismo. Quizás en la penumbra de tu madrugada, en la privacidad de tu ducha diaria o en la complicidad de un instante oculto. Gimiendo en silencio al tiempo que muerdes tu labio inferior, imaginando nuestro contacto de piel con piel mientras mimo tu espalda.
¿Podemos seguir fingiendo en sueños? Simulando encuentros esporádicos en tierras foráneas, siendo jóvenes de otras vidas, besándonos en imágenes estáticas o viviendo en el interior de una historia inventada.
No tengo respuesta para ninguna de estas interrogantes.
Aunque sí tengo algunas certezas.
Te estremeces y me agito.
Te quemas y me derrito.
Deseo que la música de mis latidos llegue a tus sueños.

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